lunes, 28 de septiembre de 2026

El arcángel San Miguelotzin Tláloc Hmü-ye

El 29 de septiembre marca la recta final del calendario agrícola desde tiempos precolombinos. Coincide con el onomástico, en la religión católica, de San Miguel Arcángel, el capitán de los ejércitos del cielo, el vencedor del diablo. En el —aún poco estudiado— sincretismo del martirologio cristiano con la cosmogonía de los pueblos originarios de México,  San Miguel, por sus condiciones castrenses, los símbolos que se le atribuyen (la espada flamígera, la armadura, el caso, las alas) y por las fechas de su celebración, convive, junto con las vírgenes (como la de Guadalupe) y los cristos negros (como el Tezcatlipoca Tepeyollotl de Chalma)  o de pasta de maíz (como el Señor del Nicho de Tepotzotlán), como un triunvirato sacro al que los evangelizadores novohispanos le atribuyeron la personalidad de los más importantes númenes locales, para que así fueran mayormente asimilados por los “macehuales”. Y así sucedió, aparentemente, aunque más que asimilar la religión mediterránea, los pueblos originarios, los afrodescendientes y posteriormente los mestizos, vieron en esta amalgama la oportunidad de continuar con sus ritos y creencias ancestrales. Los mismos dioses, con diferentes máscaras.

Miguel, de la voz hebrea  Mikha'el (מִיכָאֵל), significa "¿Quién como Dios?". Sus festividades septembrinas, coinciden con antiguas solemnidades tanto en honor a Huitzilopochtli (Izquierda colibrí), pero principalmente a Tláloc (Pulque de la tierra). Los atributos que unen al arcángel con Huitzilopochtli tienen que ver con sus rasgos marciales. Ambos son guerreros siderales, ambos tienen armas del-etéreas de mano, ambos tienen un ajuar protector y las batallas que pelean repercuten en el orden cósmico. En el retruécano, Miguel vence al diablo, quien fue primero relacionado con el Tezcatlipoca Negro, pero curiosamente, y como también es un Tezcatlipoca (en este caso el de color azul), no pocas veces se consideró  a Huitzilopochtli como el arcángel de la discordia: Luzbel, enemigo jurado de Miguel. Barroquísimos enredos.

En cambio, la asimilación que se hizo de Tláloc con el capitán celeste, tuvo menos vericuetos y mayores permanencias. Tláloc es el nombre nahua de una deidad mucho más antigua que el florecimiento del Anáhuac. Sus representaciones iconográficas (orejeras, colmillos) pueden rastrearse desde el desierto norteamericano hasta las selvas de Centroamérica, por lo menos desde un milenio antes a nuestra era. Las formas se fueron estilizando, al igual que sus atribuciones, pues de comenzar siendo el dueño del rayo, con líneas a veces felinas, es decir telúricas (entre los olmecas históricos), a la llegada de los hispanos era el indiscutido señor de la lluvia. Recordemos que una de las “dos cabezas” del templo mayor de la ciudad imperial de Mexico Tenochtitlan, era el teocalli de Tláloc. El otro teocalli era el de Huitzilopochtli.

El Tláloc nahua deriva directamente (tanto en imagen como en atribuciones), con toda seguridad desde épocas teotihuacanas (aunque quizá antes), de Hmü-ye, Señor, Señora de la lluvia para los ñathö, hñähñu y demás variaciones de la gran nación otomí. Uno de los riñones míticos de la mitología ñathö fue el lugar de la cueva original: Nonthë, cuya etimología es “Sobre el cerro”, por ello cuando los mexicas conquistaron este territorio le llamaron primero Tepetícpac, pero luego Chiapan, y al cabo de la invasión española, degeneró en Chapa y tomó el apellido de su primer encomendero, Jerónimo Ruiz de la Mota, y así quedó establecido el topónimo con que hoy en día conocemos al territorio de Chapa de Mota, centro originario de buena parte de la nación otomí, llegando su influencia cultural tanto a sus señorío vecinos, algunos de los cuales da origen (el hoy Villa del Carbón, Azcapotzaltongo, Tepotzotlán Ncogüe, Cuautitlán, etcétera) hasta Querétaro, Hidalgo, Guanajuato y Veracruz, principalmente por el activo afán de expansión, tanto en la época precortesiana, como durante el virreinato, del señorío de Amadöntaxi Mandenxi Jilotepec, hijo mayor de Nonthë.

Iglesia de San Miguel Cañadas, Tepotzotlán

El culto a Hmü-ye como señor de los cerros y de la lluvia, fue profusamente diseminado por el territorio mexicano y más allá, gracias a la influencia del imperio de la Tula mítica: Teotihuacan. Su condición de señor de los temporales, hizo de Hmü-ye el regente del calendario agrícola y los imperios tolteca-nahuas como el de Xicocotitlan (la Tula falsa), Culhuacan (el toltecayótl de los nahuales) y Mexico (Tenochtitlan-Tlatelolco), en sus áreas de influencia hicieron permanecer los atributos de Hmüye-ye en Tláloc. Tal como, posteriormente, los evangelizadores cristianos harían lo mismo con el festejado del 29 de septiembre, fin del ciclo agrícola: San Miguel Arcángel. Aunque también el rostro de Tláloc está presente bajo la faz de los santos con inician la temporada de lluvia: San Juan Bautista (24 de junio) dueño (tlaloque) de las aguas divinas que ungieron a Cristo (Cinteotl, el niño maíz) y San Pedro (29 de junio) el dueño (tlaloque) de las llaves del cielo (contenedor de las aguas).

Curiosamente, en la tradición oral, se dice que a los pueblos más nahuales (o sea, los más brujos, los que eran epicentros del resguardo de la sabiduría antigua) se les ponía el nombre de San Miguel para ahuyentar a dicho diablos (los nahuales), tal como sucede en mi querido San Miguel Cañadas, pueblo serrano a los pies del cerro de las Dos Jorobas (templo mayor), en la Sierra de Tepotzotlán. O en el cruce de caminos (sitio de brujerías) que divide a los antiguos barrios de Amaxac, Tlacateco y Texcacoa, hoy conocida como la esquina de San Miguelito (con su figura novohispana en nicho de cristal), cabo que remata el costado suroriente de la barda perimetral del antiguo colegio jesuita, del hoy llamado Museo Nacional del Virreinato. Y por supuesto: San Miguel Chapa de Mota, donde los actuales ñathö siguen conservando el rito milenario de Hmü-ye, pero esta vez consagrando la magia de los cerros que guardan la lluvia al capitán de los ejércitos celestes: San Miguel Arcángel. 




* Texto escrito por el anticronistra de Tepotzotlán Ncogúe, Juan de Dios Ehmibäthä Maya Avila



sábado, 19 de septiembre de 2026

CAOS EN EL MUSEO NACIONAL DEL VIRREINATO A 62 AÑOS DE SU FUNDACIÓN

 

La evidencia arqueológica documentada en el  emplazamiento donde hoy se erige el actual Museo Nacional del Virreinato, sugiere una continuidad histórica que se remonta de entre el 1400 al 900 antes de nuestra era, hasta la actualidad. La cultura de más antigüedad que se puede rastrear, es la ñathö (otomí) con amplia influencia teotihuacana y tolteca y posteriormente de las hordas chichimecas y de los nahuas, cuya rama imperial, los mexicas, ocuparon nuestra demarcación a partir del siglo XV de nuestra era, cuando Motecuhzoma Xocoyotzin otorga la independencia al señorío de Tepotzotlán Ncogüe apenas unas décadas antes de la llegada de los españoles. La primera orden evangelizadora, la de los franciscanos, sembró la semilla de lo que después sería el colegio de San Martín, para los hijos e hijas de los caciques nahuas y otomíes, pero serían los jesuitas —sustitutos de los franciscanos—, quienes no sólo consolidarían el colegio para caciques, sino quienes construirían el que luego les daría mayor fama: el colegio probatorio de San Francisco Xavier, semillero de algunas de las mejores mentes criollas de la época novohispana como lo fueron Clavijero, Alegre, Carochi y Sigüenza y Góngora, entre otros.

El auge económico que los jesuitas ostentaron antes de su expulsión de los territorios del rey de España en 1767, les permitió construir en Tepotzotlán lo que podría considerarse una pequeña ciudad utópica y autosustentable donde se dio carta abierta a la expresión del barroco, cuya muestra culminante, la fachada del templo de San Francisco Xavier, es considerada la obra cumbre del churrigueresco a nivel mundial. El conjunto, luego de los convulsos años que dieron origen a nuestro país, México, y de haber sobrevivido casi intacto (tanto en su arquitectura, sus altares y su acervo cultural y artístico) a las leyes de Reforma, fue revalorado por los gobiernos posrevolucionarios que le tuvieron como un lugar de resguardo del arte virreinal, aunque ya desde entonces, comenzara el saqueo del patrimonio jesuita, tanto por gente del gobierno, como por saqueadores eventuales. En 1933 el excolegio jesuita fue nombrado monumento nacional y en 1961, por mandato del entonces presidente Adolfo López Mateos, comienza la “restauración” del complejo (aunque no sin cometer errores que cambiaron su estructura original irremediablemente) y así fue inaugurado en 1964 el Museo Nacional del Virreinato, el cual se destinó para recibir nutridos lotes de arte novohispano provenientes de diversas partes del país. Desde entonces, a pesar de sufrir el constante expolio de ciertas obras y objetos, el museo se fue consolidando como uno de los más importantes a nivel nacional, alcanzando, en sus mejores épocas, los cinco primeros lujares de entre los sitios predilectos del turismo nacional y extranjero, durante las postrimerías del siglo XX.

Sin embargo, para el inicio del nuevo milenio, las cosas no pintarían del todo bien para el museo, el cual ha sido víctima de malas administraciones (las cuales se han coludido en más de una ocasión con los gobiernos municipales, sobre todo aquellos signados por la corrupción), del menoscabo mismo del Instituto Nacional de Antropología e Historia y del significativo recorte en al rubro de la cultura que se ha sufrido en los más recientes sexenios. Ello, aunado a que Tepotzotlán padece desde hace décadas de un cacicazgo nocivo que busca deteriorar el patrimonio histórico y  ecológico de nuestro municipio para darle un giro industrial, ha dado por resultado los peores años de los que se tiene memoria en lo que respecta al Museo Nacional del Virreinato, por ejemplo:

—    En el año 2007, previo a las festividades del bicentenario de la independencia y centenario de la revolución en el 2010, el entonces presidente Felipe Calderón, propició la controvertida remodelación (al vapor) de innumerables inmuebles históricos. Para nuestro infortunio, el edil en turno, Marcos Márquez, decidió que el atrio de San Pedro necesitaba una remodelación. Se coludió con la entonces directora del museo, y de ambas partes se llevó a cabo un “remodelación”  que nada tenía que ver con el conjunto original, el cual siempre había sido de cantera y tezontle al desnudo. Se mandó pulir el tezontle y se repellaron con cal y arena las paredes del atrio, ahogando importantes vestigios coloniales de mosaicos hechos en la técnica conocida como rejón de rajuela. Aquí una nota de La Jornada al respecto: https://www.jornada.com.mx/2007/07/05/index.php?section=estados&article=036n1est

—    En la década de los ochentas, cuando ya estaba consolidado el museo, decidió expropiarse una de las últimas secciones que aún pertenecían a particulares. Los llamados Molinos de Xuchimanga, que, como su nombre lo indica, eran los molinos de trigo del colegio. Aquellos molinos llegaron prácticamente intactos el día de la expropiación, siendo un ejemplo casi único de este tipo de arquitectura virreinal. Además, el emplazamiento es de considerables dimensiones, casi un tercio del colegio. Se prometió, tras de su expropiación, que se iban a restaurar y a integrar al resto del inmueble. Cerraron los accesos originales y se puso candado y “protección” a los principales edificios. Desde entonces, no ha sucedido tal restauración y, en cambio, esa zona arqueológica ha sufrido el deterioro crónico de ser abandonado a la intemperie y al nulo mantenimiento de la arquitectura y de las áreas verdes. En 2008, era tal su decaimiento, que se exigió una intervención. Tal como se puede constatar en esta nota de prensa https://vanguardia.com.mx/circulo-de-oro/2021/3134614-restauraran-molinos-jesuitas-del-siglo-xviii-en-tepotzotlan-HSVG3134614, el gobierno y el INAH se comprometieron a destinar una partida millonaria para la restauración de los Molinos. ¿Qué sucedió? Se intervino uno de los edificios, el que correspondía a las caballerizas de los jesuitas, y se le cambió la forma original para hacer una bodega, pues el museo ya no tenía cabida para obras y hallazgos arqueológicos en sus almacenamientos internos y ahí se acabó la supuesta restauración. Desde entonces, el detrimento siguió al grado de que varias secciones han sucumbido y la mayor parte de los molinos se hallan comprometidos en sus cimientos, la maquinaría original ha sido saqueada o se ha dejado perder y se ha incluso intervenido el flujo hídrico que habían planeado con precisión de relojeros los jesuitas, lo cual ha afectado no sólo a los molinos, sino al conjunto completo del museo. Hoy los Molinos de Xuchimanga son el área más abandonada y destruida del complejo museístico.  Su abandono pareciera indicar que quieren hacerlo un baldío para almacenar vestigios, pues la última vez que se abrieron sus puertas, fue para recibir —en total secrecía y sin que haya registros oficiales ni en la prensa ni en comunicados del INAH— el monumento dedicado al genocida Cristóbal Colón que yacía en Reforma y que fue retirado en octubre del 2020. Pues bien, hoy está arrumbado en los patios de los molinos, cubierto con lonas rojas, creyendo la directiva que con ello nadie se da cuenta de su existencia.

—    Con respecto al sistema hídrico (único en la historia tecnológica de la Nueva España) que idearon los jesuitas tanto para hacer funcionar sus molinos como para alimentar de agua a la Huerta, desde su origen en la Presa de la Concepción, pasando por el sistema de apantles, la llamada Zanja Real y su desembocadura en el museo, al no darle mantenimiento los gobiernos municipales, ni las directivas del museo,  en consecuencia se ha malogrado y con ello compromete cada año la arquitectura fundamental del museo. El caso más reciente es el de la barda perimetral, que en el año 2024, durante la temporada de lluvias, sucumbió (luego de casi cuatrocientos años de firmeza) en su esquina suroriente, tal como lo registró la prensa: https://www.eluniversal.com.mx/edomex/lluvias-derriban-parte-de-la-barda-del-museo-nacional-del-virreinato-en-tepotzotlan-cierran-calles-por-seguridad/ . La solución: abrir una espantosa zanja que en nada evita la acumulación de la humedad y en cambio compromete aún más la estabilidad de la tapia. Una ocurrencia, pues.

—    Otro de los problemas que aquejan actualmente al museo, aunque es un problema a nivel general en los sitios históricos y zonas arqueológicas dependientes del INAH, es el sustancioso recorte presupuestal que desde el sexenio pasado se ha hecho a la partida de cultura en nuestro país. Casi un treinta por ciento en la actual administración. Ello ha llevado al cierre eventual e intermitente de algunas salas de exposición, de la Huerta misma y a carecer de insumos básico para el buen funcionamiento del museo, como lo son materiales de papelería o incluso, como un ejemplo absurdo: de papel higiénico, sobre todo para los empleados, quienes lo han manifestado por diversos canales, aunque dicha falta de presupuesto la directiva la niega categóricamente.

—    Por último, desde la antepasada administración, se detectó una plaga de heno motita en la Huerta histórica del Museo Nacional del Virreinato. Aunque la ciudadanía se acercó con intención de ayudar (pues el heno motita se debe retirar manualmente) la entonces directora, negó que fuera un problema, no quiso coadyuvar esfuerzos con la población y tampoco tomó medidas sustanciales para evitar la propagación de la plaga, pues no contaba con los recursos necesarios, ni el presupuesto ni tampoco el apoyo de la autoridades municipales. El resultado: lo que comenzó como una amenaza se convirtió en un problema crónico y severo. Entonces se hizo el cambio de administración y entró una nueva directora. A mediados del año pasado, la solución que la nueva directiva asumió  (al parecer como una indicación directa del INAH) con respecto al heno motita, fue la tala de prácticamente el 80 por ciento de la vegetación original. Vegetación datada, en algunos casos, con quinientos años de antigüedad. Árboles centenarios y emblemáticos del excolegio comenzaron a ser derribados durante uno de los periodos en que se cerró la Huerta al turismo con pretexto de que eran temporadas de lluvias y resultaba peligroso para los visitantes, aun cuando el museo lleva operando sin problemas en la temporada de lluvias desde 1961. En noviembre del 2025 hice un registro visual de las condiciones deplorables en que se hallaba la Huerta y lo publiqué en diversas redes sociales y medios de comunicación. El asunto se hizo viral e hizo que el INAH tuviera que emitir un comunicado al respecto donde, mintiendo con respecto a la plaga del heno motita, dijo tener controlado el problema. A causa de esa denuncia, desde entonces se me tiene vetado por parte de la directiva actual del museo. En abril del presente año volví a la huerta para hacer un nuevo registro: la tala continuó y no sólo eso, sino que (por falta de presupuesto) no se retiró la gran cantidad de árboles enfermos que se habían talado y los mismos fueron hacinados en diversos rincones de la Huerta, convirtiéndose en un foco de infección para los pocos árboles que aún están en pie, incluso para aquellos pocos que han sido sembrados en últimas fechas. La “solución”, que acabó con gran parte de la Huerta, no ha resuelto nada, pues los despojos infectados, siguen ahí, y un problema que pudo resolverse entablando una cooperación mutua con la ciudadanía para el retiro manual de la plaga, hoy confronta a la directiva con aquellos que se atrevan a cuestionar o a difundir sus errores.

Esta serie de malas decisiones, de errores administrativos, de abandono, de desdén, de desconocimiento del patrimonio que se administra, es lo que ha llevado al Museo Nacional del Virreinato a desplomarse en la preferencia del turista y el visitante. Según fuentes del mismo INAH, en 1995 el MUNAVI era el cuarto museo más visitado de México. Entre 2015 y 2018 aún era el quinto. Del 2020 al 2025 pasó del sexto al octavo lugar. Y sigue en picada.

  




* Anticrónica escrita por el anticronista de Tepotzotlán Ncogüe, Juan de Dios Ehmibäthä Maya Avila

jueves, 23 de julio de 2026

XIV CONCURSO ESTATAL PENSADOR MEXICANO DE LITERATURA ESCRITA POR NIÑAS, NIÑOS Y JÓVENES 2026


 


En Honor a don José Joaquín Fernández de Lizardi, vecino de Tepotzotlán y primer novelista de las Américas y con motivo de las fiestas patronales de San Miguel Cañadas y en el marco de la PeriFeria / Encuento de artes en resistencia, El Sitio Maya, El Jorobado de Tepotzotlán, Vuelos en Globo (Hacienda Los Dolores), Tata Teatro, Galería Sixtos, Amatt (Ateneo de Música y Arte Tepotzotlán), restaurante bar Los Arcos, Casa de Teja y Creartonarte convocan al:

 

XIv Concurso estatal pensador mexicano de literatura escrita por niñas, niños y jóvenes

2026

 

1)           Abierto a niños, niñas y jóvenes que tengan entre 4 y 17 años de todos los municipios del Estado de México y la capital Toluca, ya sea originarios de las entidades mexiquenses (aún si viven en otros estados o países) o bien que, no siendo originario del Estado de México, vivan en cualquier comunidad de la entidad.

2)           No pueden participar aquellos escritores y escritoras que ganaron el primer lugar en las emisiones anteriores.

3)      Los participantes deberán enviar un cuento o poesía o texto experimental de mínimo una cuartilla y máximo 50 páginas, de tema y forma libres. La única condición es que sea totalmente de su autoría y no haya sido premiado en otro concurso. CON EL PERMISO FIRMADO DE SU PADRE, MADRE O TUTOR.

4)      Los trabajos se presentarán en hoja tamaño carta, a mano (con letra legible), máquina de escribir, impreso de computadora o vía electrónica en formato word a paraelconcursoliterario@hotmail.com

5)      Los trabajos también podrán ser entregados de manera personal en El Sitio Maya (carretera estatal Arcos del Sitio s/n, San Miguel Cañadas, Tepotzotlán, de 9 am a 5 pm) o en las otras entidades convocantes o enviarse por servicio postal o mensajería a la siguiente dirección: Carretera Estatal a Arcos del Sitio s/n, El Sitio Maya, pueblo de San Miguel Cañadas, municipio de Tepotzotlán, Estado de México, código postal 54656.

6)      El escrito comenzará con el título de la obra. El nombre completo del autor estará debajo del título y al final de cada escrito deberán ponerse los siguientes datos de contacto: dirección y teléfono y, en caso de contar con él, correo electrónico.

7)      La fecha límite para enviar los trabajos será el 29 de septiembre, día de San Miguel Arcángel del 2026. Para mayores informes, acceder a la página electrónica de El Jorobado de Tepotzotlán: tepovillachapayanexas.blogspot.mx así como a la página de facebook Juandediosmayaavila JorobadodeTepotzotlán

8)      Premios: Primer Lugar $1,500 pesos, paquete de libros y publicación de la obra en formato digital; Segundo Lugar $500 pesos, paquete de libros y publicación de la obra en formato digital; Tercer Lugar paquete de libros y publicación de la obra en formato digital. Se otorgarán menciones honoríficas. Los premiados tendrán como incentivo extra un año de alberca gratis en El Sitio Maya. El resultado del concurso se dará a conocer el 2 de octubre del 2026. La premiación se hará de manera presencial en la sede de la PeriFeria / Encuentro de artes en resistencia y en El Sitio Maya a mediados de octubre.

 

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El Pensador Mexicano, primer novelista de las Américas independientes, vecino de Tepotzotlán

 

 


miércoles, 25 de marzo de 2026

THEPOSSOTLAN EN 1743 / ¿ES POSIBLE HALLAR LA CASONA DEL CACIQUE MARTÍN MALDONADO?

 

Entre los más recientes mapas que el Archivo General de la Nación ha puesto a disposición del público en general, resalta un litigio por un predio que, según la información vertida por el propio archivo, corresponde al año de 1743 y que se ubica en la zona norponiente de la traza novohispana del antiguo señorío de Tepotzotlán. La disputa es entre las autoridades comunales de los naturales (otomíes o nahuas) y familias presumiblemente de origen español.

En la franja superior del mapa se lee el nombre de nuestro pueblo:

Thepossotlan

Y en el oriente y poniente dos arcos, respectivamente, que simbolizan el cielo por el que ha de caminar el sol. Por eso al oriente, el astro rey, con rostro barroco, está apenas entrando en la clave, y al poniente, por el contrario, la ha atravesado ya, indicando el amanecer y el crepúsculo. Asimismo, el norte está indicado por una aguja o punta de lanza que, encaramada sobre una esfera y cruz al centro, enseña el camino hacia el austro. Y el sur se marca con una cruz —que en su diseño recuerda a la de Jerusalén— sobre pedestal de piedra en dos cuerpos.

Justo en un invisible cuadrante suroriente, podremos identificar —porque la traza no ha cambiado lo suficiente para que no la reconozcamos—, primero a la parroquia de San Pedro y su atrio atestado ya de olivos, que precisamente se identifica con la palabra:

 Parroquia

Escrita justo en la entrada principal del atrio. Aunque no está identificada con ningún nombre, adivinamos, presumiblemente, en el costado norte atrial, la casona que hoy en día (y desde hace por lo menos dos siglos) pertenece a la familia Cabiedes, de cuya entrada se desprende una ¿escalonada?, que llega directamente a la correspondiente entrada al atrio.  “Detrás” de la casa Cabiedes, notamos, como aún se pueden ver (aunque en tristísimas ruinas), los Molinos de Xuchimanga con un letrero

Molino

Que los demuestra. El pintor ha querido plasmar tanto los edificios de molienda, como el agua que entra para hacer funcionar la maquinaria y que es representada en dos líneas de olas que se vierten por un ¿apantle?

            Al suroriente del atrio, se mira la hostería con su gran umbral atacado por sombras e inmediatamente después el templo de San Francisco Xavier y frente a él, al poniente, una estructura que presenta dos leyendas:

Colegio

¿Cazo? ¿Caza?

Que quizá refiera a que cerca está el colegio (casa) de los jesuitas. Al poniente de la parroquia, domina el centro del mapa la gran plaza mayor de Tepotzotlán, en cuya esquina surponiente vemos un candoroso establecimiento:

Carnicería 

Y justo a un lado, otra estructura que más que una ubicación exacta, podría estar sugiriendo otro de los complementos del colegio: el camarín de la Virgen de Loreto, terminado de construir apenas una década antes de la factura de este mapa. Ello porque el letrero que le nomina dice:

Camarino

Y justo al surponiente, en la esquina inferior derecha del mapa, vemos un conjunto de casitas que dicen:

Curato

Y más allá, otra construcción con un término difícil de entender:

¿Norias?

¿Natas?

¿Notas?

Siguiendo con la traza del pueblo, sin detenernos en el pequeño mapa inferior que detallará los terrenos en litigio, caminamos hacia el norte, por el mismo linde poniente, y llegamos a un caserío que nombran:

Comunidad

Que quizá se refiera a que son propiedades comunales de los naturales (otomíes y nahuas) de Tepotzotlán. Y prosiguiendo por el norte, damos con las casas de:

¿Abelar?

Pacheco

Cantabrana

Garrido

Y justo en la costilla norponiete que linda con la plaza mayor, tenemos una serie de casonas en colindancia, y que quizá por ello se marcaron con el signo = entres sus dueños, que son:

Carrillo = Ramírez = Zamorano

Y que corresponden a la actual zona de restaurantes que van de Los Virreyes hasta el Montecarlo. Y cruzando la calle donde hoy nace la avenida Eva Sámano, justo en su esquina con la actual calle Virreyes, hacia el poniente, vemos una gran casona, que hoy son los portales que miran hacia la Casa de la Cultura, que parece decir:

Diezmo

Así que pudiera tratarse de la famosa Casa del Diezmo, construcción donde el clero solía resguardar las contribuciones que daba la feligresía y que es típica de las poblaciones novohispanas. Y ya casi le hemos dado la vuelta al pueblo, resta la sección correspondiente al lado superior izquierdo (nororiente), la cual presenta, precisamente, el espacio que está en litigio, entre Zamorano y su contrincante Ortega, y que es la que da motivo a este mapa. Dichos predios están sumamente cercanos a los Molinos de Xuchimanga. Son legibles los siguientes datos:

Derramadero

Ortega

Zamorano

Camino Real (va punteado)

Lomas que crían el derramadero

Calle del Molino

Es posible que los derramaderos a los que hace alusión, se traten de desfogues de los propios Molinos de Xuchimanga, ya que parece botar de éstos una especie de zanja o ducto que, atravesando los predios de Ortega y de Zamorano, conecta con el mentado derramadero. Aunque esto es sólo una suposición.

Me falta una casona que me llama especialmente la atención. La intitula una oscura frase:

Torre Loi

¿Qué significa? Mi hipótesis al respecto es que se trata de la firma del licenciado que corroboró el documento. Me sustento, para ello, en el Diccionario de abreviaturas novohispanas del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Pudo tratarse de Melchor de la Torre, quien volverá a Tepotzotlán, quince años después, en 1758, a resolver otro litigio, pero ya con el cargo de juez. Dicho mapa ya lo analizamos con anterioridad, pero es de suma importancia para entender el que nos ocupa ahora (el de 1743) porque nos ayuda a estipular la siguiente segunda hipótesis: que la casona sobre la cual ha firmado el licenciado Torres, corresponde a la familia del cacique nahua en turno don Martín de Velasco Maldonado y su hermano don (¿Francisco? ¿Luis? ¿Juan?) de Velasco Maldonado, ambos descendientes del cacique fundador don Martín Maldonado Itlatzin, célebre por haber donado los predios donde se construyeron los colegios jesuitas y por aunar al antiguo barrio de Amaxac su propio patronímico, con lo cual se instituyo el barrio de San Martín.

Casa de Martín Maldonado 1743

            En el mapa de 1758 se realiza un minucioso dibujo de la casona de los caciques, la cual se muestra construida completamente de piedra (cantera y tezontel, seguramente), característica que el dibujante del mapa de 1743 también dejó constatado. Y si bien el de 1758 sugiere la cercanía entre la casona y los Molinos de Xuchimanga, el de 1743 es mucho más específico en establecer las colindancias y gracias a ello, sabemos que la heredad de los Maldonado tenía su fachada mirando hacia la llamada Calle del Molino, a escasos metros de la entrada a los mismos, lo cual nos pudiera ayudar a establecer que dicha casona debió haberse erigido en los solares que hoy se ubicarían sobre avenida Juárez y que, según la tradición oral, terminaron formando parte de los inmuebles jesuitas. Muy posiblemente, la antigua casona del cacique, estuviera en lo que hoy en día son las propiedades de la familia de origen italiano Baldi. La prospección arqueológica ayudaría a esclarecer el asunto y la buena interpretación de estos mapas.

Casa de Martín Maldonado 1758

  Por último,  el litigio que nos compete remata su mapa con un croquis secundario dibujado en la parte posterior y que busca detallar el solar que se está pelenado. Antecede un texto que con muchas oscuridades —a causa de nuestro poco entendimiento en la paleografía— vertemos a botepronto así:

Por el pressente dessenio mapa a queb enzo queda en que lugar de el pueblo pedazo que se litiga con sus linderos y vecindades el que pondré para mejor comprenderlo en esta forma

 

Y en el dibujo vemos:

La zanja a un costado de la casa de Ortega (casa de piedra) y el derramadero que separa su predio del de Zamorano en el cual cunden los maizales. Ambos predios, al poniente, tienen sus entradas mirando hacia el camino real y al oriente colindan con la zanja. Y en seguida viene el predio que se litiga cuyo ángulo inferior derecho es la esquina que hacen una calle sin nombre y el Camino Real.

 

 

Anticrónica del anticronista de Tepotzotlán, Juan de Dios Maya Avila Ehmibäthä

 

 


miércoles, 11 de marzo de 2026

ZONA ARQUEOLÓGICA MOLINOS DE XUCHIMANGA, TEPOTZOTLÁN, MÉXICO

 

¿Eres de Tepotzotlán y no conoces la zona arqueológica de los Molinos de Xuchimanga?

Dicen que uno no puede amar lo que no conoce y que tampoco se puede defender lo que no se ama. Para generaciones de tepotzotlecas que rondan entre los 50 y los 70 y más años, los Molinos de Xuchimanga aún son uno de los referentes que completaban el complejo del gran colegio jesuita de Tepotzotlán, tanto como el templo de San Francisco Javier, o la Huerta o cada uno de los claustros, entre otros símbolos importantes. Desafortunadamente, en las últimas décadas del siglo pasado, tras de que el Instituto Nacional de Antropología e Historia le expropiara dicha propiedad a la familia Monroy —actuales dueños de la Hacienda de Xuchimanga (en las faldas del Jorobado)— los molinos, en lugar de ser incorporados al resto del Museo Nacional del Virreinato, fueron aislados (tapiando los accesos que les comunicaban con el resto del inmueble) y sometidos, de manera absurda, a un proceso de destrucción que hoy en día ha terminado con un, aproximadamente, 40 por ciento de lo que eran cuando fueron requisados. Han sucumbido muros, techos, túneles, aparatos de molienda y han sido saqueados sistemáticamente sus vestigios novohispanos y prehispánicos. Ah, porque —por si fuera poco—, los Molinos ocupan, casi con toda certeza, parte de lo que debió ser el conjunto imperial o templo mayor de los mexicas tepotzotlecas.


            En el año 2008, ante el escandaloso abandono en que se tenía a los Molinos y aprovechando que el gobierno tenía prevista la recuperación de diversos inmuebles para celebrar el bicentenario de la independencia de México, la sociedad civil de Tepotzotlán, con el cronista municipal don Gaudencio Neri Vargas a la cabeza, presionó para que el INAH se hiciera responsable de lo que décadas atrás había expropiado aparentemente para bien del pueblo y del museo. La entonces directiva de ese INAH panista, prometió la restauración total de los molinos  y su eventual apertura al público. ¿Qué sucedió? Bueno, se hicieron pésimos trabajos de restauración en lo que fueran los potreros de los molinos, convirtiendo el espacio en la bodega oficial del museo y no se hizo nada más. El supuesto fideicomiso para la restauración había resultado un fraude.


Desde entonces, salvo algunos atisbos de quererle estudiar en el ámbito académico, ninguna de las directivas del museo han hecho lo correspondiente para evitar la destrucción sistemática que a causa de la intemperie y del abandono, está acabando con esta zona arqueológica única en su tipo en todo el país. Si bien es casi imposible pensar que se puedan restaurar como los molinos novohispanos que eran antes, el recuperarlos como un espacio de producción artística y cultural gestionada por los diversos grupos, asociaciones, creadores, artistas, escritores, pintores originarios de Tepotzotlán, podría ser una alternativa que evitara la desaparición total de nuestros Molinos de Xuchimanga.

Las imágenes que acompañan este texto, fueron tomadas por un valiente compañero que se arriesgó a compartirlas con nosotros pero que prefiere guardarse en el anonimato para evitar represalias de quienes no quieren que se hable de los Molinos de Xuchimanga. ¿Reconocen desde dónde fueron tomadas? Es el hotel que se construyó, entre escándalos y oscuridades, en una de las esquinas históricas del colegio jesuita (aunque no era propiamente parte del conjunto, pero sí en relación con él). Es doloroso pensar que los Molinos de Xuchimanga pudiesen correr la misma suerte. Pareciera que hay quienes así lo están propiciando, aislándolos, descuidándolos, invisibilizándolos, dejando de pronunciar hasta su nombre. Por eso es que muchas de las nuevas generaciones de Tepotzotlán nunca han escuchado hablar de los molinos, muchos menos los conocen. ¿Será la hora de retomarlos para la sociedad civil de Tepotzotlán? ¿O estaremos dispuestos a perder una más de nuestras zonas arqueológicas? ¿O será acaso que la nueva directora del museo, quien ha dado muestras de una apertura sin precedentes y de un ánimo constructivo en su relación con el pueblo,  marque un hito histórico y gestione la restauración y apertura de éste, nuestro espacio? ¿O tú que piensas, pueblo? ¿Conocías, acaso, los Molinos de Xuchimanga, patrimonio arqueológico de Tepotzotlán?



Zona Arqueológica Molinos de Xuchimanga, avenida Benito Juárez s/n, barrio de San Martín (Amaxac), CP 54600. Horarios de visita: nunca, está abandonada.


 

Texto propositivo hecho por el anticronista del pueblo, Juan de Dios Maya Avila Ehmibäthä

 

 


viernes, 6 de marzo de 2026

MURAL HISTÓRICO DE TEPOTZOTLÁN

 

¿Quién entre los visitantes al Palacio Municipal de Tepotzotlán no ha visto el bello mural que desde hace décadas adorna la pared norte de este inmueble? Imposible subir las escalinatas y no entretenerse con las escenas que a manera de caleidoscopio ofrece a los curiosos. Rápidamente, nos damos cuenta que relata la historia de nuestro pueblo desde su lejano pasado otomí hasta la colonia. He ahí los primeros basamentos para adorar al dios jorobado Ccogüe, luego la llegada de los peregrinos aztecas y la eventual conquista de los mexicas que prevalecieron el nombre del pueblo, aunque en náhuatl: Tepotzotlán, y sus costumbres socioeconómicas, como la caza y la siembra. 

La trágica llegada de los hispanos es contemplada por un par de espías mexicas que llevarán la noticia a Mexico Tenochtitlan y eventualmente al señorío aliado de Tepotzotlán, lugar donde, al cabo de la llamada Noche Triste, y en la huida del destrozado ejército español, se libraría una cruenta batalla con la cual la antigua ciudad prehispánica del jorobado, comenzó a extinguirse. En la esquina inferior izquierda, un grupo de antiguos mexicanos y un soldado español, contemplan la escena en una loma que se yergue sobre curiosa y misteriosa cueva cuyo origen y nombre nos es oscuro.

¿Será la Cueva de la Leona? ¿Será la cueva del Cerro de la Columna? No sabemos. Sólo nos queda mirar, como aquel grupo sobre la loma, el nuevo orden sobre el que se edifica el Tepotzotlán colonial y sus dos grandes símbolos: el colegio jesuita y los Arcos del Sitio, ambos presentados en su etapa formativa. El mural se dice fechado de 1975, aunque algunos dicen que realmente se terminó entre 1979 y 1981, cuando fue presidente municipal Alberto Almazán. Su creadora fue la pintora Lolita Rangel, de quien no tenemos mayores datos, pero quien ya ha dejado este bello “códice” a la posteridad.




* Escrito por el anticronista de Tepotzotlán, Juan de Dios Maya Avila Ehmibäthä