lunes, 28 de septiembre de 2026

El arcángel San Miguelotzin Tláloc Hmü-ye

El 29 de septiembre marca la recta final del calendario agrícola desde tiempos precolombinos. Coincide con el onomástico, en la religión católica, de San Miguel Arcángel, el capitán de los ejércitos del cielo, el vencedor del diablo. En el —aún poco estudiado— sincretismo del martirologio cristiano con la cosmogonía de los pueblos originarios de México,  San Miguel, por sus condiciones castrenses, los símbolos que se le atribuyen (la espada flamígera, la armadura, el caso, las alas) y por las fechas de su celebración, convive, junto con las vírgenes (como la de Guadalupe) y los cristos negros (como el Tezcatlipoca Tepeyollotl de Chalma)  o de pasta de maíz (como el Señor del Nicho de Tepotzotlán), como un triunvirato sacro al que los evangelizadores novohispanos le atribuyeron la personalidad de los más importantes númenes locales, para que así fueran mayormente asimilados por los “macehuales”. Y así sucedió, aparentemente, aunque más que asimilar la religión mediterránea, los pueblos originarios, los afrodescendientes y posteriormente los mestizos, vieron en esta amalgama la oportunidad de continuar con sus ritos y creencias ancestrales. Los mismos dioses, con diferentes máscaras.

Miguel, de la voz hebrea  Mikha'el (מִיכָאֵל), significa "¿Quién como Dios?". Sus festividades septembrinas, coinciden con antiguas solemnidades tanto en honor a Huitzilopochtli (Izquierda colibrí), pero principalmente a Tláloc (Pulque de la tierra). Los atributos que unen al arcángel con Huitzilopochtli tienen que ver con sus rasgos marciales. Ambos son guerreros siderales, ambos tienen armas del-etéreas de mano, ambos tienen un ajuar protector y las batallas que pelean repercuten en el orden cósmico. En el retruécano, Miguel vence al diablo, quien fue primero relacionado con el Tezcatlipoca Negro, pero curiosamente, y como también es un Tezcatlipoca (en este caso el de color azul), no pocas veces se consideró  a Huitzilopochtli como el arcángel de la discordia: Luzbel, enemigo jurado de Miguel. Barroquísimos enredos.

En cambio, la asimilación que se hizo de Tláloc con el capitán celeste, tuvo menos vericuetos y mayores permanencias. Tláloc es el nombre nahua de una deidad mucho más antigua que el florecimiento del Anáhuac. Sus representaciones iconográficas (orejeras, colmillos) pueden rastrearse desde el desierto norteamericano hasta las selvas de Centroamérica, por lo menos desde un milenio antes a nuestra era. Las formas se fueron estilizando, al igual que sus atribuciones, pues de comenzar siendo el dueño del rayo, con líneas a veces felinas, es decir telúricas (entre los olmecas históricos), a la llegada de los hispanos era el indiscutido señor de la lluvia. Recordemos que una de las “dos cabezas” del templo mayor de la ciudad imperial de Mexico Tenochtitlan, era el teocalli de Tláloc. El otro teocalli era el de Huitzilopochtli.

El Tláloc nahua deriva directamente (tanto en imagen como en atribuciones), con toda seguridad desde épocas teotihuacanas (aunque quizá antes), de Hmü-ye, Señor, Señora de la lluvia para los ñathö, hñähñu y demás variaciones de la gran nación otomí. Uno de los riñones míticos de la mitología ñathö fue el lugar de la cueva original: Nonthë, cuya etimología es “Sobre el cerro”, por ello cuando los mexicas conquistaron este territorio le llamaron primero Tepetícpac, pero luego Chiapan, y al cabo de la invasión española, degeneró en Chapa y tomó el apellido de su primer encomendero, Jerónimo Ruiz de la Mota, y así quedó establecido el topónimo con que hoy en día conocemos al territorio de Chapa de Mota, centro originario de buena parte de la nación otomí, llegando su influencia cultural tanto a sus señorío vecinos, algunos de los cuales da origen (el hoy Villa del Carbón, Azcapotzaltongo, Tepotzotlán Ncogüe, Cuautitlán, etcétera) hasta Querétaro, Hidalgo, Guanajuato y Veracruz, principalmente por el activo afán de expansión, tanto en la época precortesiana, como durante el virreinato, del señorío de Amadöntaxi Mandenxi Jilotepec, hijo mayor de Nonthë.

Iglesia de San Miguel Cañadas, Tepotzotlán

El culto a Hmü-ye como señor de los cerros y de la lluvia, fue profusamente diseminado por el territorio mexicano y más allá, gracias a la influencia del imperio de la Tula mítica: Teotihuacan. Su condición de señor de los temporales, hizo de Hmü-ye el regente del calendario agrícola y los imperios tolteca-nahuas como el de Xicocotitlan (la Tula falsa), Culhuacan (el toltecayótl de los nahuales) y Mexico (Tenochtitlan-Tlatelolco), en sus áreas de influencia hicieron permanecer los atributos de Hmüye-ye en Tláloc. Tal como, posteriormente, los evangelizadores cristianos harían lo mismo con el festejado del 29 de septiembre, fin del ciclo agrícola: San Miguel Arcángel. Aunque también el rostro de Tláloc está presente bajo la faz de los santos con inician la temporada de lluvia: San Juan Bautista (24 de junio) dueño (tlaloque) de las aguas divinas que ungieron a Cristo (Cinteotl, el niño maíz) y San Pedro (29 de junio) el dueño (tlaloque) de las llaves del cielo (contenedor de las aguas).

Curiosamente, en la tradición oral, se dice que a los pueblos más nahuales (o sea, los más brujos, los que eran epicentros del resguardo de la sabiduría antigua) se les ponía el nombre de San Miguel para ahuyentar a dicho diablos (los nahuales), tal como sucede en mi querido San Miguel Cañadas, pueblo serrano a los pies del cerro de las Dos Jorobas (templo mayor), en la Sierra de Tepotzotlán. O en el cruce de caminos (sitio de brujerías) que divide a los antiguos barrios de Amaxac, Tlacateco y Texcacoa, hoy conocida como la esquina de San Miguelito (con su figura novohispana en nicho de cristal), cabo que remata el costado suroriente de la barda perimetral del antiguo colegio jesuita, del hoy llamado Museo Nacional del Virreinato. Y por supuesto: San Miguel Chapa de Mota, donde los actuales ñathö siguen conservando el rito milenario de Hmü-ye, pero esta vez consagrando la magia de los cerros que guardan la lluvia al capitán de los ejércitos celestes: San Miguel Arcángel. 




* Texto escrito por el anticronistra de Tepotzotlán Ncogúe, Juan de Dios Ehmibäthä Maya Avila



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