sábado, 19 de septiembre de 2026

CAOS EN EL MUSEO NACIONAL DEL VIRREINATO A 62 AÑOS DE SU FUNDACIÓN

 

La evidencia arqueológica documentada en el  emplazamiento donde hoy se erige el actual Museo Nacional del Virreinato, sugiere una continuidad histórica que se remonta de entre el 1400 al 900 antes de nuestra era, hasta la actualidad. La cultura de más antigüedad que se puede rastrear, es la ñathö (otomí) con amplia influencia teotihuacana y tolteca y posteriormente de las hordas chichimecas y de los nahuas, cuya rama imperial, los mexicas, ocuparon nuestra demarcación a partir del siglo XV de nuestra era, cuando Motecuhzoma Xocoyotzin otorga la independencia al señorío de Tepotzotlán Ncogüe apenas unas décadas antes de la llegada de los españoles. La primera orden evangelizadora, la de los franciscanos, sembró la semilla de lo que después sería el colegio de San Martín, para los hijos e hijas de los caciques nahuas y otomíes, pero serían los jesuitas —sustitutos de los franciscanos—, quienes no sólo consolidarían el colegio para caciques, sino quienes construirían el que luego les daría mayor fama: el colegio probatorio de San Francisco Xavier, semillero de algunas de las mejores mentes criollas de la época novohispana como lo fueron Clavijero, Alegre, Carochi y Sigüenza y Góngora, entre otros.

El auge económico que los jesuitas ostentaron antes de su expulsión de los territorios del rey de España en 1767, les permitió construir en Tepotzotlán lo que podría considerarse una pequeña ciudad utópica y autosustentable donde se dio carta abierta a la expresión del barroco, cuya muestra culminante, la fachada del templo de San Francisco Xavier, es considerada la obra cumbre del churrigueresco a nivel mundial. El conjunto, luego de los convulsos años que dieron origen a nuestro país, México, y de haber sobrevivido casi intacto (tanto en su arquitectura, sus altares y su acervo cultural y artístico) a las leyes de Reforma, fue revalorado por los gobiernos posrevolucionarios que le tuvieron como un lugar de resguardo del arte virreinal, aunque ya desde entonces, comenzara el saqueo del patrimonio jesuita, tanto por gente del gobierno, como por saqueadores eventuales. En 1933 el excolegio jesuita fue nombrado monumento nacional y en 1961, por mandato del entonces presidente Adolfo López Mateos, comienza la “restauración” del complejo (aunque no sin cometer errores que cambiaron su estructura original irremediablemente) y así fue inaugurado en 1964 el Museo Nacional del Virreinato, el cual se destinó para recibir nutridos lotes de arte novohispano provenientes de diversas partes del país. Desde entonces, a pesar de sufrir el constante expolio de ciertas obras y objetos, el museo se fue consolidando como uno de los más importantes a nivel nacional, alcanzando, en sus mejores épocas, los cinco primeros lujares de entre los sitios predilectos del turismo nacional y extranjero, durante las postrimerías del siglo XX.

Sin embargo, para el inicio del nuevo milenio, las cosas no pintarían del todo bien para el museo, el cual ha sido víctima de malas administraciones (las cuales se han coludido en más de una ocasión con los gobiernos municipales, sobre todo aquellos signados por la corrupción), del menoscabo mismo del Instituto Nacional de Antropología e Historia y del significativo recorte en al rubro de la cultura que se ha sufrido en los más recientes sexenios. Ello, aunado a que Tepotzotlán padece desde hace décadas de un cacicazgo nocivo que busca deteriorar el patrimonio histórico y  ecológico de nuestro municipio para darle un giro industrial, ha dado por resultado los peores años de los que se tiene memoria en lo que respecta al Museo Nacional del Virreinato, por ejemplo:

    En el año 2007, previo a las festividades del bicentenario de la independencia y centenario de la revolución en el 2010, el entonces presidente Felipe Calderón, propició la controvertida remodelación (al vapor) de innumerables inmuebles históricos. Para nuestro infortunio, el edil en turno, Marcos Márquez, decidió que el atrio de San Pedro necesitaba una remodelación. Se coludió con la entonces directora del museo, y de ambas partes se llevó a cabo un “remodelación”  que nada tenía que ver con el conjunto original, el cual siempre había sido de cantera y tezontle al desnudo. Se mandó pulir el tezontle y se repellaron con cal y arena las paredes del atrio, ahogando importantes vestigios coloniales de mosaicos hechos en la técnica conocida como rejón de rajuela. Aquí una nota de La Jornada al respecto: https://www.jornada.com.mx/2007/07/05/index.php?section=estados&article=036n1est

    En la década de los ochentas, cuando ya estaba consolidado el museo, decidió expropiarse una de las últimas secciones que aún pertenecían a particulares. Los llamados Molinos de Xuchimanga, que, como su nombre lo indica, eran los molinos de trigo del colegio. Aquellos molinos llegaron prácticamente intactos el día de la expropiación, siendo un ejemplo casi único de este tipo de arquitectura virreinal. Además, el emplazamiento es de considerables dimensiones, casi un tercio del colegio. Se prometió, tras de su expropiación, que se iban a restaurar y a integrar al resto del inmueble. Cerraron los accesos originales y se puso candado y “protección” a los principales edificios. Desde entonces, no ha sucedido tal restauración y, en cambio, esa zona arqueológica ha sufrido el deterioro crónico de ser abandonado a la intemperie y al nulo mantenimiento de la arquitectura y de las áreas verdes. En 2008, era tal su decaimiento, que se exigió una intervención. Tal como se puede constatar en esta nota de prensa https://vanguardia.com.mx/circulo-de-oro/2021/3134614-restauraran-molinos-jesuitas-del-siglo-xviii-en-tepotzotlan-HSVG3134614, el gobierno y el INAH se comprometieron a destinar una partida millonaria para la restauración de los Molinos. ¿Qué sucedió? Se intervino uno de los edificios, el que correspondía a las caballerizas de los jesuitas, y se le cambió la forma original para hacer una bodega, pues el museo ya no tenía cabida para obras y hallazgos arqueológicos en sus almacenamientos internos y ahí se acabó la supuesta restauración. Desde entonces, el detrimento siguió al grado de que varias secciones han sucumbido y la mayor parte de los molinos se hallan comprometidos en sus cimientos, la maquinaría original ha sido saqueada o se ha dejado perder y se ha incluso intervenido el flujo hídrico que habían planeado con precisión de relojeros los jesuitas, lo cual ha afectado no sólo a los molinos, sino al conjunto completo del museo. Hoy los Molinos de Xuchimanga son el área más abandonada y destruida del complejo museístico.  Su abandono pareciera indicar que quieren hacerlo un baldío para almacenar vestigios, pues la última vez que se abrieron sus puertas, fue para recibir —en total secrecía y sin que haya registros oficiales ni en la prensa ni en comunicados del INAH— el monumento dedicado al genocida Cristóbal Colón que yacía en Reforma y que fue retirado en octubre del 2020. Pues bien, hoy está arrumbado en los patios de los molinos, cubierto con lonas rojas, creyendo la directiva que con ello nadie se da cuenta de su existencia.

    Con respecto al sistema hídrico (único en la historia tecnológica de la Nueva España) que idearon los jesuitas tanto para hacer funcionar sus molinos como para alimentar de agua a la Huerta, desde su origen en la Presa de la Concepción, pasando por el sistema de apantles, la llamada Zanja Real y su desembocadura en el museo, al no darle mantenimiento los gobiernos municipales, ni las directivas del museo,  en consecuencia se ha malogrado y con ello compromete cada año la arquitectura fundamental del museo. El caso más reciente es el de la barda perimetral, que en el año 2024, durante la temporada de lluvias, sucumbió (luego de casi cuatrocientos años de firmeza) en su esquina suroriente, tal como lo registró la prensa: https://www.eluniversal.com.mx/edomex/lluvias-derriban-parte-de-la-barda-del-museo-nacional-del-virreinato-en-tepotzotlan-cierran-calles-por-seguridad/ . La solución: abrir una espantosa zanja que en nada evita la acumulación de la humedad y en cambio compromete aún más la estabilidad de la tapia. Una ocurrencia, pues.

    Otro de los problemas que aquejan actualmente al museo, aunque es un problema a nivel general en los sitios históricos y zonas arqueológicas dependientes del INAH, es el sustancioso recorte presupuestal que desde el sexenio pasado se ha hecho a la partida de cultura en nuestro país. Casi un treinta por ciento en la actual administración. Ello ha llevado al cierre eventual e intermitente de algunas salas de exposición, de la Huerta misma y a carecer de insumos básico para el buen funcionamiento del museo, como lo son materiales de papelería o incluso, como un ejemplo absurdo: de papel higiénico, sobre todo para los empleados, quienes lo han manifestado por diversos canales, aunque dicha falta de presupuesto la directiva la niega categóricamente.

    Por último, desde la antepasada administración, se detectó una plaga de heno motita en la Huerta histórica del Museo Nacional del Virreinato. Aunque la ciudadanía se acercó con intención de ayudar (pues el heno motita se debe retirar manualmente) la entonces directora, negó que fuera un problema, no quiso coadyuvar esfuerzos con la población y tampoco tomó medidas sustanciales para evitar la propagación de la plaga, pues no contaba con los recursos necesarios, ni el presupuesto ni tampoco el apoyo de la autoridades municipales. El resultado: lo que comenzó como una amenaza se convirtió en un problema crónico y severo. Entonces se hizo el cambio de administración y entró una nueva directora. A mediados del año pasado, la solución que la nueva directiva asumió  (al parecer como una indicación directa del INAH) con respecto al heno motita, fue la tala de prácticamente el 80 por ciento de la vegetación original. Vegetación datada, en algunos casos, con quinientos años de antigüedad. Árboles centenarios y emblemáticos del excolegio comenzaron a ser derribados durante uno de los periodos en que se cerró la Huerta al turismo con pretexto de que eran temporadas de lluvias y resultaba peligroso para los visitantes, aun cuando el museo lleva operando sin problemas en la temporada de lluvias desde 1961. En noviembre del 2025 hice un registro visual de las condiciones deplorables en que se hallaba la Huerta y lo publiqué en diversas redes sociales y medios de comunicación. El asunto se hizo viral e hizo que el INAH tuviera que emitir un comunicado al respecto donde, mintiendo con respecto a la plaga del heno motita, dijo tener controlado el problema. A causa de esa denuncia, desde entonces se me tiene vetado por parte de la directiva actual del museo. En abril del presente año volví a la huerta para hacer un nuevo registro: la tala continuó y no sólo eso, sino que (por falta de presupuesto) no se retiró la gran cantidad de árboles enfermos que se habían talado y los mismos fueron hacinados en diversos rincones de la Huerta, convirtiéndose en un foco de infección para los pocos árboles que aún están en pie, incluso para aquellos pocos que han sido sembrados en últimas fechas. La “solución”, que acabó con gran parte de la Huerta, no ha resuelto nada, pues los despojos infectados, siguen ahí, y un problema que pudo resolverse entablando una cooperación mutua con la ciudadanía para el retiro manual de la plaga, hoy confronta a la directiva con aquellos que se atrevan a cuestionar o a difundir sus errores.

Esta serie de malas decisiones, de errores administrativos, de abandono, de desdén, de desconocimiento del patrimonio que se administra, es lo que ha llevado al Museo Nacional del Virreinato a desplomarse en la preferencia del turista y el visitante. Según fuentes del mismo INAH, en 1995 el MUNAVI era el cuarto museo más visitado de México. Entre 2015 y 2018 aún era el quinto. Del 2020 al 2025 pasó del sexto al octavo lugar. Y sigue en picada.

  




* Anticrónica escrita por el anticronista de Tepotzotlán Ncogüe, Juan de Dios Ehmibäthä Maya Avila