El 29 de septiembre marca la recta final
del calendario agrícola desde tiempos precolombinos. Coincide con el
onomástico, en la religión católica, de San Miguel Arcángel, el capitán de los
ejércitos del cielo, el vencedor del diablo. En el —aún poco estudiado—
sincretismo del martirologio cristiano con la cosmogonía de los pueblos
originarios de México, San Miguel, por
sus condiciones castrenses, los símbolos que se le atribuyen (la espada
flamígera, la armadura, el caso, las alas) y por las fechas de su celebración,
convive, junto con las vírgenes (como la de Guadalupe) y los cristos negros
(como el Tezcatlipoca Tepeyollotl de Chalma) o de pasta de maíz (como el Señor del Nicho de
Tepotzotlán), como un triunvirato sacro al que los evangelizadores novohispanos
le atribuyeron la personalidad de los más importantes númenes locales, para que
así fueran mayormente asimilados por los “macehuales”. Y así sucedió,
aparentemente, aunque más que asimilar la religión mediterránea, los pueblos
originarios, los afrodescendientes y posteriormente los mestizos, vieron en
esta amalgama la oportunidad de continuar con sus ritos y creencias
ancestrales. Los mismos dioses, con diferentes máscaras.
Miguel, de la voz hebrea Mikha'el (מִיכָאֵל), significa "¿Quién
como Dios?". Sus festividades septembrinas, coinciden con antiguas solemnidades
tanto en honor a Huitzilopochtli (Izquierda colibrí), pero principalmente a Tláloc
(Pulque de la tierra). Los atributos que unen al arcángel con Huitzilopochtli
tienen que ver con sus rasgos marciales. Ambos son guerreros siderales, ambos
tienen armas del-etéreas de mano, ambos tienen un ajuar protector y las
batallas que pelean repercuten en el orden cósmico. En el retruécano, Miguel
vence al diablo, quien fue primero relacionado con el Tezcatlipoca Negro, pero
curiosamente, y como también es un Tezcatlipoca (en este caso el de color azul),
no pocas veces se consideró a
Huitzilopochtli como el arcángel de la discordia: Luzbel, enemigo jurado de
Miguel. Barroquísimos enredos.
En cambio, la asimilación
que se hizo de Tláloc con el capitán celeste, tuvo menos vericuetos y mayores
permanencias. Tláloc es el nombre nahua de una deidad mucho más antigua que el
florecimiento del Anáhuac. Sus representaciones iconográficas (orejeras,
colmillos) pueden rastrearse desde el desierto norteamericano hasta las selvas
de Centroamérica, por lo menos desde un milenio antes a nuestra era. Las formas
se fueron estilizando, al igual que sus atribuciones, pues de comenzar siendo
el dueño del rayo, con líneas a veces felinas, es decir telúricas (entre los
olmecas históricos), a la llegada de los hispanos era el indiscutido señor de
la lluvia. Recordemos que una de las “dos cabezas” del templo mayor de la
ciudad imperial de Mexico Tenochtitlan, era el teocalli de Tláloc. El otro teocalli
era el de Huitzilopochtli.
El Tláloc nahua deriva
directamente (tanto en imagen como en atribuciones), con toda seguridad desde épocas
teotihuacanas (aunque quizá antes), de Hmü-ye, Señor, Señora de la lluvia para los ñathö, hñähñu y demás
variaciones de la gran nación otomí. Uno de los riñones míticos de la mitología
ñathö fue el lugar de la cueva original: Nonthë, cuya etimología es “Sobre el
cerro”, por ello cuando los mexicas conquistaron este territorio le llamaron
primero Tepetícpac, pero luego Chiapan, y al cabo de la invasión española, degeneró
en Chapa y tomó el apellido de su primer encomendero, Jerónimo Ruiz de la Mota,
y así quedó establecido el topónimo con que hoy en día conocemos al territorio de
Chapa de Mota, centro originario de buena parte de la nación otomí, llegando su
influencia cultural tanto a sus señorío vecinos, algunos de los cuales da
origen (el hoy Villa del Carbón, Azcapotzaltongo, Tepotzotlán Ncogüe,
Cuautitlán, etcétera) hasta Querétaro, Hidalgo, Guanajuato y Veracruz, principalmente
por el activo afán de expansión, tanto en la época precortesiana, como durante
el virreinato, del señorío de Amadöntaxi Mandenxi Jilotepec, hijo mayor de
Nonthë.
| Iglesia de San Miguel Cañadas, Tepotzotlán |
El culto a Hmü-ye como
señor de los cerros y de la lluvia, fue profusamente diseminado por el
territorio mexicano y más allá, gracias a la influencia del imperio de la Tula
mítica: Teotihuacan. Su condición de señor de los temporales, hizo de Hmü-ye el
regente del calendario agrícola y los imperios tolteca-nahuas como el de
Xicocotitlan (la Tula falsa), Culhuacan (el toltecayótl de los nahuales) y
Mexico (Tenochtitlan-Tlatelolco), en sus áreas de influencia hicieron
permanecer los atributos de Hmüye-ye en Tláloc. Tal como, posteriormente, los
evangelizadores cristianos harían lo mismo con el festejado del 29 de septiembre,
fin del ciclo agrícola: San Miguel Arcángel. Aunque también el rostro de Tláloc
está presente bajo la faz de los santos con inician la temporada de lluvia: San
Juan Bautista (24 de junio) dueño (tlaloque) de las aguas divinas que ungieron
a Cristo (Cinteotl, el niño maíz) y San Pedro (29 de junio) el dueño (tlaloque)
de las llaves del cielo (contenedor de las aguas).
Curiosamente, en la
tradición oral, se dice que a los pueblos más nahuales (o sea, los más brujos,
los que eran epicentros del resguardo de la sabiduría antigua) se les ponía el
nombre de San Miguel para ahuyentar a dicho diablos (los nahuales), tal como
sucede en mi querido San Miguel Cañadas, pueblo serrano a los pies del cerro de
las Dos Jorobas (templo mayor), en la Sierra de Tepotzotlán. O en el cruce de
caminos (sitio de brujerías) que divide a los antiguos barrios de Amaxac, Tlacateco
y Texcacoa, hoy conocida como la esquina de San Miguelito (con su figura
novohispana en nicho de cristal), cabo que remata el costado suroriente de la
barda perimetral del antiguo colegio jesuita, del hoy llamado Museo Nacional
del Virreinato. Y por supuesto: San Miguel Chapa de Mota, donde los actuales
ñathö siguen conservando el rito milenario de Hmü-ye, pero esta vez consagrando
la magia de los cerros que guardan la lluvia al capitán de los ejércitos
celestes: San Miguel Arcángel.
* Texto escrito por el anticronistra de Tepotzotlán Ncogúe, Juan de Dios Ehmibäthä Maya Avila


