viernes, 19 de diciembre de 2025

CACIQUES, MOLINOS, ZANJAS REALES Y TLAPUENTES. TEPOTZOTLÁN EN UN PLANO DE 1758

 

Afamado cacique de Tepotzotlán fue Don Martín Maldonado Itlatzin, noble de origen náhuatl (si atendemos a su nombre) dueño de un buena parte del pueblo, lo cual le confería autoridad incluso ante los españoles. Vivía don Martín en el barrio de Amáxac (Donde se bifurca el agua). En 1580, cuando arriban los jesuitas al señorío del jorobado, el cacique les dona un cúmulo de hectáreas para que funden sus casas. Los jesuitas, en agradecimiento, fundarán el colegio de naturales de San Martín para los hijos de los nobles nahuas y otomíes. San Martín se llamará también desde entonces el barrio de Amáxac. Un par de siglos más seguirá sintiéndose el poder del cacique en sus descendientes. Y ello lo podemos saber gracias a un plano de 1758 que busca deslindar ciertas propiedades de los españoles que llegaron a vivir al pueblo contra las huertas y casas de los herederos del cacique nahua, en especial del patriarca en turno, que ostenta no sólo el apellido, sino el nombre de su tatarabuelo: don Martín de Velasco Maldonado.  No sabemos si se trata de la misma casa de su antepasado. El plano se convierte en uno de los primeros mapas del ahora centro histórico de Tepotzotlán. Vemos huertas, casas de principales y de naturales, parte de la sierra, los caminos hacia Coyotepec y Santa Bárbara,  la zanja real y un curioso puente que tiene el primoroso nombre “tequitqui” (híbrido de español y náhuatl) de Tlapuente. También se ve el agua que ha de entrar a los Molinos de la Compañía o Molinos de Xuchimanga, hoy en franco deterioro y casi hechos una ruina tras del saqueo y la poca atención y cuidado que le ponen la autoridades municipales, el Museo Nacional del Virreinato (que lo tiene bajo su “custodia”) y el olvido al que el mismo pueblo los ha sometido. Con los casi nulos conocimientos que tengo en paleografía, hago una interpretación de los textos de esta foja, que espero sirvan también como una guía que ayude a entender este plano-mapa de Tepotzotlán.

El documento fue hecho por el juez don Melchor de Torres en el año de 1758 y comienza refiriendo en la parte superior del mismo:

 


“Para que en su presencia se diga la (…) medida y que después della (de ella) se haga una pintura en el plano y en ella se pongan y se señalen las tazas que tuviesen de una parte a otra en todas las  cuatro (¿esquinas?) con todo el (….) y que al demás de la pintura, la firmarán para más verificación de la posesión que don Martín Velasco ha tomado y así lo mandaron y lo firmaron siendo testigos Francisco Fernández, Gonzalo (¿?) de la (¿Barquera?), (¿Duio de Hen?),  Benito Díaz, Alonso Hernández, Alonso García todos españoles (¿?) unos estantes en este pueblo que todos se hallaron presentes, todo, todos, (¿ns?) bala”

Firmas:

D. Melchor de Torres (juez)

Don Martín de Velasco Maldonado  e hijos

Don Diego Hipólito

Don Francisco Ximénez Hernández (fiscal)

Domingo (¿García?)

¿Po Damián?

D. Diego de (¿?)

Marcos de la (¿?)

Las demás ilegibles pero todas rodeando un símbolo que recuerda un portón o una cerradura, marca de que es un predio propiedad de Alonso Hernández, español. Y luego una franja horizontal con puntos, el primer delimitado.

Luego viene, con el mismo símbolo, que es un portón: “la casa de Alonso García (¿Turrado?) que esta es la huerta del señor Alonso García”

Luego, tras una delimitación, viene, a la derecha, un siguiente predio de menores dimensiones: “este es el solar que no está cercado, linda con la huerta de Alonso García Turrado de poniente a oriente tiene ciento y veinte tres varas 123 varas”.

Seguimos, en la parte izquierda del documento, con la huerta de Alonso García Turrado. Vemos como se extiende de norte a sur y que es muy grande. Hay en ella diversidad de flora y lo que parece ser un monte con nopalera y ¿plantas de maíz? Y justo detrás del monte, emerge un cuerpo de agua (seguramente la zanja real) que dice: “esta es la zanja por donde (¿va?) el agua a los molinos de la compañía de Jesús”.


Esta zanja nace (en el mapa) de la propiedad de Alonso García, pero pasa en su mayor parte por la huerta de a lado que quizá pertenece a la casa de don Martín de Velasco Maldonado y don (¿Francisco? ¿Luis? ¿Juan?) de Velasco Maldonado, los caciques, que ya volveremos a ellos . De mientras sigamos con la huerta de Alonso García, pues aún hay “la carne (¿sería) (¿carnicería?)”, el “tajón” (marcado en un cuadrado) que es el lugar donde se tasaja la carne  y un cuadro más que dice: “esta es el corral del matadero” y junto a éste, al sur, el “corral de ¿acceso?”. Cruzando ese corral de acceso, rumbo al poniente (izquierda), pasando una nopalera, llegaremos a un edificio que señala que “la ermita ¿aquí? se empieza”.

Más al sur, donde termina el cuadro, hay un símbolo de almohadilla (mejor conocido por nosotros como “gato”), donde leemos la leyenda: “la ¿desta? Casa se ¿midió? del poniente al oriente tiene ciento y sesenta y cinco varas 165 varas”.

Justo a la derecha, viene una de esas hermosas palabras híbridas entre el español y el náhuatl: Tlapuente o Tlalpuente de tlalli (tierra) y el castellano puente: Puente de tierra. Y la marca dice así: “Tlapuente de la zanja” que colinda con la “Huerta del ¿colegio? o de ¿Collado?”.

Cruzando el tlapuente de la zanja, damos de frente con un camino: “este es el camino real que viene de Santa Bárbara a este pueblo de Tepotzotlán y tiene de ancho de…” y luego viene otra almohadilla sobre lo que quizá sea un basamento de piedra y más a la derecha lo que pareciera un pie, símbolo prehispánico que denota que se trata de un camino. Y debajo, en el dibujo de un portón o puerta, una frase que se ha perdido al final y que dice: “esta es la puerta de ¿nist?  ¿pes? (y el resto es ilegible)”.

Volvamos más al norte, a la huerta de ¿Po Damián?, vecino de Alonso García, pues éste a la derecha de su posesión, marca un cuadrado que dice: “este es un corral de bueyes” y justo debajo, en lo que quizá ya no sea su propiedad, un espacio que dice: “este es el solar que no está cercado”. En la huerta de ¿Po Damián?, no vemos nopaleras, sino lo que quizá sean milpas y árboles frutales. Tanto los corrales de bueyes, como el solar sin cercado, colindan al oriente (derecha) con una vía que dice: “este es el camino real que viene de Coyotepec que va derecho a los molinos de los padres de la compañia de Jesús (*esta nomenclatura la descifró la maestra Carmen Aceves, guía del museo), tiene de largo de norte a sur doscientas veinte y seis varas 226 varas de (¿?)”. Marca en la esquina nororiente (superior derecha) dos pies iconográficamente relacionados al signo prehispánico para “camino”. Justo debajo, un pequeño cuadrado que marca la “casa de ¿Po Cha? Natu(ral)”, hacia el sur una milpa y luego otra casa “la casa de ¿Jacinto? Maldonado ¿Di Hesto? O ¿di español?”. Siguiendo al sur, una calle, marcada con ¿arena (xalli)?, que separa la casa de Maldonado de una propiedad que dice: “esta es la casa y huerta de ¿vi ue fran de angus?, españ(ol)”, cuyo portón da hacia el mentado camino a Santa Bárbara.


Ahora sí, la casa y huerto que mayor espacio ocupan en la pintura, justo al centro, por donde hemos visto ya que hacia el poniente cruza la zanja real un huerto donde también vemos una montaña o promontorio con una ¿cueva?, en cuya entrada hay una nopalera. También hay Milpas y árboles frutales y al poniente una casa enorme, con portón herrado y construida en piedra a la usanza española, que pertenece, no obstante, a los caciques nahuas de Tepotzotlán y que , en sus grandes dimensiones, contrasta con las casas de los españoles y, por supuesto, de los demás naturales, significando la importancia de dichos caciques. Dice la leyenda: “estas son las casas de don Martín de Velasco Maldonado y de don (¿Francisco? ¿Luis? ¿Juan?) de Velasco Maldonado caciques y principales de este pueblo de Tepotzotlán”. Y justo al oriente, pegado a la casa, una franja que aún nos indica que es “el solar de don Martín de Velasco Maldonado y de don (¿Francisco? ¿Luis? ¿Juan?) de Velasco Maldonado”.


Y hasta aquí con este plano-mapa de los caciques nahuas de Tepotzotlán del año del señor de mil setecientos y cincuenta y ocho, a tan sólo cinco décadas de distancia para que comenzara la guerra por la independencia de México.

 

 

 * Escrito por el anticronista de Ncogüe Tepotzotlán, Juan de Dios Maya Avila Ehmibäthä


 


martes, 16 de diciembre de 2025

SANTIAGO CUAUTLALPAN Y CAÑADA DE CISNEROS EN 1590

 


Al momoxteca don Víctor Vargas, cronista del pueblo

 

Bien sabido es que tras la caída de la ciudad doble de México Tenochtitlan y México-Tlatelolco a manos de los tlaxcaltecas, otomíes, españoles y demás aliados, comienza la reconfiguración del Anáhuac. Bastión mexica era el altépetl de Tepotzotlán y la mayoría de sus barrios y pueblos, entre ellos Santiago Cuautlalpan, una de las tres cabezas del señorío junto con la mencionada cabecera y San Mateo Xóloc. No así Cañada de Cisneros, o bien Momoxtla (su nombre náhuatl), un pueblo que estaba en la marca entre mexicas y ñathö-otomíes, en un territorio más bien dominado por estos últimos. Bueno, algo podremos imaginar el cómo era aquella antigua región apenas 70 años después de la conquista, gracias a este mapa, depositado en el Archivo General de la Nación, cuya fecha de emisión es la de 1590 y que marca los linderos entre el pueblo de indios de Santiago Cuautlalpan y el español Juan Cisneros o Juan de Cisneros, personaje que ha sido estudiado por el cronista del pueblo, don Víctor Vargas, eminente momoxtleca-cañadense, a quien hemos dedicado este escrito.


            Bien, comenzamos con un largo camino que cicatriza el lienzo de manera diagonal: el camino de Santiago a Chapa de Mota. Nuestro mítico lugar de origen de los ñathö de Ncogüe Tepotzotlán. Nonthë Tepeticpac, luego conocido como Chapa y al que se adicionó el apellido Mota, por el lugarteniente de Hernán Cortés, Jerónimo Ruiz de la Mota, quien recibiera aquel pueblo como recompensa. Ya en el mapa aparece como Chapa de Mota y se marca el camino con el antiguo glifo prehispánico de los pies, en una caminata que va de oriente a poniente, esto es de Santiago hacia Chapa, atravesando los cerros.


Jerónimo Ruíz de la Mota

 Santiago, que en el mapa se nombra como Quatlapa, es reconocible por su parroquia (que sigue en pie) y un conjunto de casas y edificios pintados a la usanza de la casa o calli preshipánica, con su sobresaliente pretil y la escalinata de acceso, que las hace contrastar con las casas españolas del también soldado cortesiano Juan de Cisneros y la viuda de Lázaro Herrera. Dos “arroyos que bajan de una cañada” hacen su junta casi entrando al pueblo de Quautlapa y algunas casas se miran en su ribera, cuando se hace el río que tiende hacia Tepotzotlán.


            Caminando, pues, rumbo a Chapa, como si fuéramos otomites de la época, veremos a nuestra derecha, atrapado entre los dos arroyos, un gran plan que se marca en un círculo como una “cabelleriza de tierra” que quiere Juan de Cisneros que sea de su propiedad. Y aquí habrá que preguntarse, si dichas cañadas que bajan los arroyos, de verdad quedaron en propiedad del español Juan y entonces se les comenzaría a llamar las Cañadas de Juan de Cisneros y luego, con el tiempo, Cañadas de Cisneros. Aunque ahora se diga que el antiguo Momoxtlan sea nada más Cañada de Cisneros. Al norponiente, en el somonte, vemos la casa de aquel afamado español, con su abigarrada fachada cuadricular y su gran entrada. ¿Qué habrá sido de dicha casa? ¿Dónde estaría emplazada? ¿Cerca de la actual parroquia? Las tierras del cerro se marcan como suyas y se especifica que en ellas se concentra ganado menor.



            Al sur poniente, curiosamente en la punta más pequeña de un cerro de dos jorobas, vemos una casa menor, aunque también de considerables dimensiones, cuya dueña es la viuda de Lázaro Herrera, seguramente otro español, del que no tenemos mayores noticias, ni tampoco de su viuda. Tan sólo que se estaba disputando lindes con Juan de Cisneros y que muy seguramente perdió ante éste. Y bueno, hasta aquí nuestro asomarnos al antiguo altépetl de Tepotzotlán y sus hermosísimos Pueblos Altos, ni más ni menos que en el año del señor de mil quinientos y noventa.



*Escrito por Juan de Dios Maya Avila, anticronista de Ncogüe Tepotzotlán



lunes, 15 de diciembre de 2025

CARA DE GUAJE


 Con su cuento “Cara de guaje” la jovencita Dafne Macías Domínguez se hizo acreedora al segundo lugar de nuestro Concurso Estatal Pensador Mexicano de Literatura Escrita por Niñas, Niños y Jóvenes 2025. Dafne es originaria del bellísimo municipio suriano de Tonatico y forma parte del taller literario de la escritora Eréndira Domínguez Lealva (Ere). “Cara de guaje” es un relato conmovedor, que nos recuerda la densidad que nuestros abuelos y abuelas tienen en nosotros y cómo, de muchas maneras, viven dentro nuestro, aun cuando  han partido de nuestro lado. Esperamos lo disfruten tanto como nosotros:

 

 


Cara de guaje

 

¡Puaj!

 

Eso era lo que decía Raúl cada vez que en su plato aparecían los guajes.

 

—¿Otra vez guajes? ¿¡No se cansan!? —gritaba con drama digno de telenovela.

 

Pero no importaba cuánto protestara, los guajes siempre volvían.

Desayuno, comida, cena…Guajes hervidos, asados, con sal, con chile, en salsa, en agua (¿¡agua con guaje!?) y hasta en un tamal extraño que parecía castigo divino.

 

—Un día voy a despertar con cara de guaje, ¿eh? —decía mirando a todos con ojos de tragedia.

 

Su mamá solo levantaba la ceja.

Su papá ni lo pelaba.

Pero su abuelo… ah, su abuelo se reía. Siempre se reía.Una tarde, mientras pelaban guajes bajo el árbol que crecía en medio del patio, el abuelo le dijo:

 

—Tú te quejas mucho porque no sabes lo que valen.

 

Y ahí vino la historia.

La de los bisabuelos campesinos.

La sequía.

El hambre.

El campo tan seco que hasta los sapos pedían agua con sombrero…

Pero los guajes, ¡esos sí crecieron!

Y gracias a ellos, la familia no se murió de hambre.

 

—Desde entonces, los guajes son parte de nosotros —dijo el abuelo—. Son fuerza, son historia…

—¡Son invasión culinaria! —interrumpió Raúl—. ¡Hasta en la sopa!

 

El abuelo soltó una carcajada que casi lo hace caer del banco.

 

—Niño dramático —le dijo—. Lo que tú tienes no es cara de guaje… ¡es espíritu de guaje!

 

Esa noche, mientras cenaban (sorpresa: arroz con guajes), Raúl se miró en la cuchara y gritó:

 

—¡Ya lo dije! ¡Tengo cara de guaje!

 


Toda la familia se rió tanto que hasta el tío Arturo se atragantó con una semilla.

Desde entonces, Raúl dejó de quejarse tanto.

Bueno… un poquito menos.

 

Empezó a escupir las semillas con estilo, como si fuera vaquero en duelo.

Y cada vez que su abuelo le decía “guaje sabio”, él sonreía.

Pero los años pasan

 

Raúl creció.

El árbol de guajes dejó de dar frutos.

El abuelo partió una tarde, tranquilo, justo bajo su sombra.

Y la casa se fue quedando en silencio.

 

Raúl se mudó a la ciudad, donde los árboles tienen más cables que ramas.

La comida sabía distinta.

Y los guajes… bueno, casi no existían.

 


Pero a veces, solo a veces, caminando por el mercado, los veía.

Verdecitos.Feos.Perfectos.

Compraba un puñito, los pelaba con calma, y aunque el sabor seguía siendo fuerte, un poco raro, con esa textura de “esto no es frijol pero tampoco fruta”, algo dentro de él sonreía.

No por el sabor.

Sino por lo que recordaba.

El patio.El árbol.La familia riendo.

El abuelo diciendo: “guaje sabio”.

Y aunque seguían sabiendo raros,

Raúl sabía algo más:No eran solo comida.Eran felicidad.Y un poquito… familia…..

 





lunes, 8 de diciembre de 2025

¿LA FOTOGRAFÍA MÁS ANTIGUA DE TEPOTZOTLÁN?

 

Existe en el acervo fotográfico de nuestro pueblo una imagen datada de 1890, cuya escena transcurre en el ex colegio noviciado de jesuitas (hoy Museo Nacional del Virreinato). Dos sacerdotes (se adivina por sus vestimentas que lo son), sostienen una animada plática al calor del sol de la mañana, en el Patio de Los Aljibes que, al parecer, ha tenido mejores tiempos, pues se haya un tanto descuidado. El fotógrafo habrase apoyado de alguna manera en la caja de agua, direccionando el instante del nororiente al surponiente. Ambas bocas de los aljibes se yerguen  intactas, como hasta hoy, por lo cual podrían pasar, ellas solas, como una imagen de apenas ayer.

Las aguas que se mecen en los intestinos antiguos, provocan un cierto esoterismo de zahoríes. La torre de San Francisco Xavier apenas asomándose por el ángulo y la luz desplegada en el paredón y sus seis ventanales visibles, uno de ellos, en la parte superior, casi medio abierto, casi invitando a asomar el ojo en sus tenebras. ¿Hay alguien asomado a esas ventanas? ¿Fantasmas, sombras, cenizas? Llevemos ahora las preguntas al centro del patio: ¿de qué hablarán los rubicundos sacerdotes? ¿Qué día habrá sido? ¿Sería en las postrimerías de la época de lluvias? Una pregunta más ¿será ésta la fotografía más antigua tomada en Tepotzotlán?

El desarrollo de la fotografía comienza, formalmente, con el francés Joseph Nicéphore Niépce, quien en 1826 hizo la que se considera la foto más antigua del mundo: "Vista desde la ventana en Le Gras". En México, se tiene registrada como la primera fotografía tomada en suelo nacional una panorámica del puerto de Veracruz de 1839, obra de Jean Prelier Dudoille. Casi todas las imágenes históricas que conocemos de Tepotzotlán, se realizaron a partir de principios del siglo XX.

Vista desde la ventana en Le Gras

Panorámica del puerto de Veracruz

Ésta que nos hechiza (cuyo autor desconocemos), es de una década antes: 1890. En eses año, aún no se pensaba siquiera que la paz de la dictadura porfiriana se rompería relativamente pronto. Para fortuna nuestra, había fracasado el proyecto de hacer el viejo colegio una penitenciaría. Se habían alternado en la presidencia municipal don Demetrio Lozano y don Pablo C. Trejo, quienes precedieron a don Antonio Leguízamo. Tepotzotlán era un pequeño universo lejano, casi perdido, ajeno (aparentemente) al teatro del mundo.  


* Investigación y texto del anticronista de Tepotzotlán, Juan de Dios Maya Avila




jueves, 27 de noviembre de 2025

TAUROMAQUIA TEPOTZOTLECA (lidiando jorobados)

 



A Paloma Chávez y Francisco Baca Mejía

 

En 1769,  don Ildefonso Iniesta Bejarano y Durán fue encomendado al diseño y construcción de una de plaza de toros que habría de ser de la más bella de la muy noble y muy leal Ciudad de México. La misma estaría apostada a un costado de la Plaza del Volador, casi a un paso del palacio de los virreyes. Y digo que habría sido una de las más bellas de la Nueva España, sino es porque la Mictlancíhuatl se llevara a Bejarano al mundo de las tinieblas. Y redigo que sería de las más bellas, porque ya otros portentos respaldaban el trabajo del infortunado novohispano, aunque ninguno como su obra maestra: la excelsa torre del templo de San Francisco Xavier en Tepotzotlán, joya, como lo es, del barroco churrigueresco. Este es uno de los primero datos constatados que relacionan a Tepotzotlán con la tauromaquia. Quizá —pero esto sí es mera especulación— en las haciendas de ganado mayor que pertenecieron a los jesuitas se criaran toros para la lidia, siendo que desde la llegada de los hispanos al Anáhuac, la fiesta brava sentó sus reales en nuestra tierra. Y especulo al respecto porque que antes no había gran diferenciación en los encastes, ni entre el toro de engorda y el de lidia, como sí ocurriría a partir del siglo XIX. Pedro Romero de Terreros, quien se adjudicó varias de las propiedades de los jesuitas, sí que crió toros bravos. Hará falta indagar en legajos, libros, pero sobre todo en la tradición oral, para saber si desde el siglo XVI, fuera con franciscanos, jesuitas, criollos o españoles, llegó la lidia al Tepotzotlán de nahuas y otomíes. Como dato curioso diré que en su pinacoteca, el hoy Museo Nacional del Virreinato resguarda un exvoto de 1710, donde un tal capitán Miguel de Olaechea, da gracias a su patrono, el arcángel san Miguel, por salvarle la vida ante el lance de un toro bravo que se escapó de sus corrales.

En el siglo XIX, tenemos noticias de que la familia Carrasco es dueña de la Hacienda de La Concepción en Santiago Cuautlalpan, y que dicha familia es criadora de toros de lidia, por lo menos en otra hacienda que tienen en Tlaxcala. Ninguna otra noticia tenemos del decimonónico periodo, hasta principios de los años treinta del siglo XX, cuando la lingüista Estrella Cortichs, recoge que la gente de Tepotzotlán se refiere al trapío de los toros de lidia, como širite, palabra que oyó en los labios de un peón del rancho Cuatro Milpas. Al no comprender el término —como tampoco lo haríamos nosotros hoy en día—, aquel peón le explicó a Cortichs que širite (que en la pronunciación sonaba más como xirite) era como decir “me gusta porque es un toro muy jiro, muy jirito”. Sirite, xirite, jirite, jirito: sería la ecuación en la que derivó este vocablo taurófilo del español antiguo tepotzotleca. De esta época, data la elocuente fotografía, tan conocida ya, del ruedo de tablas emplazado frente al atrio del templo de San Francisco Javier, donde en el perímetro alzado se hallan sedentes y en fila una serie de sombrerudos que contemplan como hipnotizados al matador, de boina y enfajado,  quien yace al punto de recibir el pitón izquierdo, con sus mozos, aferrándose a capote, pendientes del lance.

            Muy seguro es que en sus celebraciones patronales, los antiguos tepotzotlecas, tanto en el ayuntamiento, como en sus barrios y pueblos serreros, vivieran en pleno la fiesta brava. Y si se tienen noticias de que Ponciano Díaz lidió en Cuautitlán, qué tanto es tantito el trecho que nos separa. ¿Será que el abuelo de la torería habrá llegado a nosotros también? Y bueno, entre que andábamos en fiestas y en corridas, nos llegó un taurófilo afamado, protagonista segundón de la época de oro del cine mexicano, quien quiso hacer dehesas de los pastos de San Miguel Cañadas. A finales de los setenta y principios de los ochenta, el afamado cómico Antonio Espino “Clavillazo”, compró los terrenos donde hoy se funda el fraccionamiento Las Cabañas, para fincar un rancho de toros bravos al que iba a imponer el nombre de San Miguel, por el santo patrón de aquellas cañadas.

El proyecto fracasó, pues según Clavillazo, aquellos pastos no eran propicios para toros. Subsiste el casco del rancho (donde también hay un pequeño ruedo y allí vi colear a don Pablo Quijada), hoy propiedad de la familia Noriega, en tanto don Humberto fue uno de los vendedores consentidos de Clavillazo una vez que éste se decidiera a fraccionar las parcelas y fundar sus mentadas Cabañas. Esto lo digo de cierto, pues yo nací y crecía ahí. Don Antonio era mi vecino. Hombre tan liviano y agradable, como trinquetero. Pero he aquí una linda anécdota: el hermano de Clavillazo, de nombre Genaro, era dueño de un cortijo en Cañada Real, en el somonte de breñales de la Mesa de los Quijada. Ahí, durante cierta comida, acaecida en los años noventas de la pasada centuria, se contaba entre los comensales un vecino de Cabañas quien decía haber sido un matador afamado de la Plaza México. No diré su nombre, pero todos le sospechábamos lenguaraz. Así que entre barbacoas, tequilas y pulques, Genaro le ofreció sacarle un novillo para que presumiera el ir y venir de sus muñecas. Aquel increpado bajó al ruedo, y al ver al bicho, salió huyendo. Pero acallaron las carcajadas la valentía de un mujerón que esa tarde asistía a la comilona y que saltó al ruedo y cogió el capote y se enfrentó al burel. Como que ya antes había enfrentado un toro más bravo y cabrón (con perdón sea de la palabra): el Indio Fernández. La valiente era ni más ni menos que la gran artista plástico Marysole Wörner Baz, figura emblemática de la generación de la ruptura y quien vivió tanto de su vida y su obra en su estudio de Las Cabañas, hoy en comodato, como espacio cultural (Casa de Adobe), del también poeta y pintor (y preciado amigo mío) Salvador Miguel Álvarez Becerril. El toro, por cierto, no tumbó a la Wörner Baz.

Contrario a lo dicho por Clavillazo, nuestras tierras eran más que propicias a trapíos. Nomás que el primer “ganadero” era cómico (uno medianamente bueno, dicho sea de paso). Mas un sabedor de toros de verdad habría de llegar a enmendar la plana: don Agustín Chávez Magallón,  criador de encastes bravos, cuyo fierro está cumpliendo, cuando escribo estas líneas, 101 años de presumir, valientemente, la divisa negro y oro, que tiene origen en dos sementales legendarios: uno del Marques de Saltillo, el otro de Perladé. Desde 1948, el fierro —antes guanajuatense— pasó a manos don Agustín Chávez, hombre querido y respetado en Pueblos Altos, sobre todo en San Miguel Cañadas, dentro de cuyos lindes fincó su rancho El Azafrán. Don Agustín murió en Puebla en el año 2003 y sus restos descansan en el panteón francés de aquella ciudad. Apoyó en su carrera a varios toreros como Mariano Ramos, Eulalio López “Zotoluco”, Manolo Mejía y Joselito Huerta, éste último se casó con una de las hijas de Don Agustín: Martha Chávez. Mariano Ramos, El Torero Charro, alguna vez declaró a la prensa que se iba de pinta en la secundaria para asistir al rancho de Chávez y sería con los toros de la ganadería Ibarra que debutara un 21 de febrero de 1970 en el ruedo “La Florecita” de Naucalpan, también propiedad del criador tepotzotleca. Hoy en día, otra de las hijas de don Agustín —la más noble—, doña Paloma Chávez, con orgullo y prosapia ha sabido conservar el legado de la tauromaquia tanto en Tepotzotlán como en Puebla.

            En las décadas medieras del siglo XX, se vivía la fiesta brava con denuedo en nuestros barrios y pueblos. Estábamos, no obstante, a punto de ser mutilados por la corrupción de los gobiernos estatales, pero aún pertenecían a nuestra demarcación los únicos caseríos de raigambre que tiene ese bodrio llamado Izcalli. Entre ellos extrañamos (como nuestros todavía) al brujo Axotlán, a Huilango, Tepojaco y el que atañe a estos recuerdos: Santa María Tianguistengo, en cuya feria patronal se solían lidiar vaquillas y novillos del mentado Chávez. Un torero lírico brilló en aquellas jornadas hasta hacerse leyenda popular: Don Francisco Baca Guerrero, mejor conocido como "Farolito", quien además de hacer su arte en Santa María, paseaba su capote por los demás ruedos de nuestro municipio. Imágenes nos quedan de él, gracias a su nieto y tocayo Francisco Baca Mejía: una en grisalla rodeada de sus mozos; otra en traje de luces de azul turquesa y oro, montera en mano y el cabrioleado capote de paseo al hombro.


En fin, que mucho habrá que indagarse de nuestra herencia y relación con el rito del Minotauro y sus Teseos, en tanto somos aztecas (tepotzotlecas) mediterráneos. Baste decir que en los albores del siglo XXI, una de las últimas corridas memorables que se vivieron en nuestro pueblo, esta vez en la plaza División del Norte (que tantos orgullos nos ha dado con sus charros) del barrio de Capula, se sucedió el 15 de mayo del 2016, cuando la matadora michoacana Hilda Tenorio —quien había sufrido serias cornadas que la retiraron— hizo fama en su regreso al convertirse en la primera mujer en la historia del toreo en encerrarse con seis astados de la ganadería Brito que, para mala fortuna de la moreliana, nunca dieron coba. Aunque, y pese a que aquella tarde falló en todos los tercios de muerte, Tenorio se hizo de una oreja y así cerró uno de los últimos capítulos de toros (hasta ahora) en nuestro Tepotzotlán. Y ojalá que por tradición y ecología, no muera la tauromaquia tepotzotleca, porque como dijo aquel buey odiado: “el toreo es poesía en movimiento”.



*Texto del anticronista de Tepotzotlán, Juan de Dios Maya Avila



martes, 25 de noviembre de 2025

CLAVILLAZO Y TEPOTZOTLÁN

Yo nací, crecí y con el favor de Dios me moriré (espero no muy pronto) en el fraccionamiento Las Cabañas, que para mí sigue siendo un rincón más del bello San Miguel Cañadas, del pueblo y para el pueblo. Quizá ya no muchos recuerden que dicho fraccionamiento lo fundó el afamado cómico mexicano Antonio Espino "Clavillazo" con miras a fundar un rancho de toros de lidia. El casco del rancho es hoy un restaurante y hotel de la familia Noriega, cuyo finado dueño, Humberto Noriega, lo adquiriera de Clavillazo cuando fue vendedor de los terrenos fraccionados en los que el cómico convirtió a sus "dehesas", pues en cuanto fracasó como ganadero de lidia, Clavillazo pensó en hacer un fraccionamiento exclusivo para artistas e intelectuales.

En ese periodo, le compraron personajes de la farándula como Julio Alemán, José Gabilondo Soler (Cricrí) y el dueño de Excelsior, e intelectuales y artistas de talla mundial, como Marysole Wörner Baz (de la generación de la ruptura), Yoshiko Shirata Kato (antropóloga japonesa) y Humberto Guerrero (fundador de la revista México Desconocido). No obstante, el primer colono de Las Cabañas (según registro del propio Clavillazo) fue el doctor Pedro Gay (QEPD), a quienes muchos conocimos en vida e incluso fuimos pinchados en las nalgas por sus jeringas a la hora de vacunarnos.

Una de las anécdotas pocos conocidas del fraccionamiento Las Cabañas, es que en el año 1971, tras la goleada que pusiera la selección mexicana femenil a Inglaterra, el actor les ofreció terrenos a menor precio a las seleccionadas (claro, para autopromocionarse). Desconocemos si alguna compró. Un dato más: la casa del cómico en el fraccionamiento, se distingue por un portón en cuya clave están el emblemático sombrero casi tricornio y las manos abiertas como diciendo: !Ahí, nomás!


Clavillazo era mi vecino, yo lo conocí personalmente. Lo recuerdo cortando su pasto, con un coronita en la mano. Un día no muy lejano contaré los ires y venires de este simpático cómico que fue, no obstante, a lo sumo trinquetero y que mucho se aprovechó de la buena fé de la gente de San Miguel (pero esa es otra historia...).


Cuando las manos hablan, biografía de Clavillazo donde habla sobre su incursión en Tepotzotlán y la fundación del Fraccionamiento Las Cabañas. Portada y Página de la biografía de Clavillazo dedicada a Ignacio López Tarso


* Anticrónica del anticronista de Tepotzotlán Juan de Dios Maya Avila

jueves, 20 de noviembre de 2025

ZAPATISTAS Y CARRANCLANES (Tepotzotlán durante la revolución mexicana)

Pueblo de Tepotzotlán en 1914


La revolución fue un desangre y regadero de tripas por allá y acullá. Mucho miedo se sentía en los pueblos. Tepotzotlán padeció varias veces el paso de gavillas revolucionarias por nuestro territorio, las más de las veces para hacerse de pertrechos, dinero y mujeres. Sobre todo mujeres. Por eso nuestra sierra cunde de cuevitas que la gente excavaba en cañadas y voladeros, donde escondían a las niñas en edad de merecer. Entre más intrincada la cueva, mayor la posibilidad de conservar el honor.

Y cómo no iba a ser nuestro pueblo bocado predilecto de tanto gañán que oía de él, si afamado es por su templo de oro. Habrían de pensar que la gente aquí era rica. Pero el oro era de Dios. Bueno, de los padrecitos, que dicen que son Dios. Aunque apesten a azufre. Con perdón sea dicho. Los demás éramos puro campesinado, de pata a ráiz y panza retacada de frijoles y chile. Armas para defendernos no teníamos. Si acaso alguno guardaba su rifle de chispas y ya era mucho.

Durante cierta mañana limpia y azul de 1917, entró una tropas de carrancistas a despojar a la gente de nuestro pueblo y esos jijos de su chivo padre, nos dejaron sin nada. Y como hay días en que al perro flaco se le cargan las pulgas, aquella misma tarde, para acabarla de amolar, no salíamos aún del espanto, cuando se divisó una gavilla de zapatistas que se acercaban con el mismo propósito que los carranclanes. ¿Ya que escondíamos si no quedaba nada?

Los habitantes del pueblo, asustados y con la preocupación de que ya no tenían víveres que ofrecer, se apertrecharon en el seminario jesuita. El sacerdote Camilo Argüello llamó al presidente en turno, Ángel Peza, para encontrar juntos una solución y decidieron entonces subir a la torre del templo para hacer sonar las campanas como una medida desesperada. En el trance, Ángel Peza sacó sus prismáticos y observó que los zapatistas estaban a escasos dos kilómetros del pueblo, por ahí del puente viejo que se alza por rumbo de las Cuatro Milpas. "En ese instante, el sol envió sus haces de luz al hermoso seminario, iluminando la señorial torre. Los soldados viraron, retrocedieron y se alejaron", recordaba en sus Memorias nuestra querida maestra Concepción Peza Puga, hija de don Ángel.

El sacerdote y el edil no daban crédito a lo sucedido y bajaron a comunicárselo al resto de los tepotzotlecas quienes seguramente suspiraron de alivio. Tiempo después, uno de los zapatista que venía en esa gavilla le confesó a gente oriunda de aquí que aquel día venían con intenciones de saquear Tepotzotlán, pero vieron mucha gente en la torre y que brillaban intermitentemente, como si trajeran bayonetas o carabinas cromadas de las que no fallan. Entonces el jefe de los zapatistas dijo "ámonos, que ahí están los carranclanes y son de a madres".




 

 *Este texto es un fragmento del libro Ncogüe (crónicas de Tepotzotlán), con el cual Juan de Dios Maya Avila se hizo acreedor al Primer Certamen Estatal de Cronistas "Yoyontzin Nezahualcóyotl" 2025